UN SUSTO EN LA NOCHE…
- - solo
necesito respirar profundamente y
relajarme. ¡Tranquilo!, esbozó.
Se aterró aún más cuando en uno de sus serpenteantes
quiebros reconoció una extraña figura. Una fina y fantasmal sombra que emergía de la oscuridad. Allí, quieta en la puerta del cuarto. Vigilante le acechaba con una mirada felina dispuesta a cazar. La
sombra sin nombre, se alargaba infinita hasta el techo donde doblaba su
espectral cuello, adaptándose a los muros del cuarto.
Temeroso no tardó en buscar el interruptor de la vieja lámpara
de hierro. Su respiración era cada vez más rítmica y acelerada. En su angustia
temblorosa dejó de ver a la sombra… Sus ojos entonces expresaron un grito de terror mudo
y su corazón comenzó a bombear más deprisa, cada vez más rápido. Aquella sombra misteriosa se había mimetizado
camaleónicamente en la pared del dormitorio, disfrazada ya no se distinguía con claridad... aturdido interrogaba a su mente:
- - ¿dónde
está? ¿Dónde? - mientras chequeaba con la mirada el cuarto
Por mientras sus manos mojadas por el sudor, se
resbalaban por filo de la mesilla dificultando así, encontrar el interruptor de
la lámpara auxiliar.
- - ¡Maldito
interruptor, carajo! … ¡Dios mío! – consiguió
decir con un entrecortado susurro.
- - ¡Qué
ironía!- pensaba Gabriel, dibujando ya una calmada sonrisa en
su rostro.
Todavía se encontraba tembloroso
cuando se dispuso valientemente a registrar la habitación. Movió los pocos
enseres que había en el cuarto. Miró
debajo de la cama, detrás de las cortinas y el armario, hasta despegó la imagen
bucólica del calendario que colgaba en la pared a modo de cuadro. Mientras en
su cabeza seguía resonando como un eco las palabras que aquella señora extraña le había dicho cuando tropezó frente a la biblioteca de la plaza de armas.
- - cuídate de
la sombra que en las noches szzss te
visite. No mires sus ojos szzss y no te
acerques a ella… pues szzs, te mostrará cosas feas szzs, que nunca olvidarás szzss.
Sereno y agotado se sentó en el borde de la cama deslizando suavemente su
cuerpo hacia atrás. Dejándose caer por la inercia, como un contrapeso a cámara
lenta. Terminó tumbándose boca arriba. Su
mente se quedó por un instante en blanco. Se distrajo por un momento, centrando su atención en los reflejos que la
luz proyectaba en las lágrimas del cristal polvoriento de la lámpara. El vidrio
era ya amarillo por el paso del tiempo,
como los dientes de un desamparado anciano. Entonces nuevamente resonó en su mente el
susurro silvino y zigzeante de aquella misteriosa señora con quien tropezó casualmente en la
tarde del domingo, frente a la biblioteca. Dejándole un frío helador en el
cuerpo como, el recuerdo de una herida sin curar, o el filo cortante de un
cuchillo que inesperadamente te rebana la piel.
- - ¿Quién
vino a visitarme? – se interrogaba Gabriel
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