lunes, 28 de mayo de 2018


UN SUSTO EN LA NOCHE…

Despertó entre sueños en el silencio del crepúsculo y con el cuerpo anudado con las sabanas. Se encontraba estrangulado e inerte por aquella boa de algodón blanco. Así,  vendado como  una momia egipcia, y confundido,  intentó liberarse de aquel tejido constrictor que le inmovilizaba. Pataleaba y retorcía su cuerpo buscando zafarse de aquel asfixiante abrazo nocturno. En la desesperación casi se cae de la cama. El sudor dificultaba aún más la operación de salvamento pues,  se adhería aún más la tela al cuerpo como si  fuese un adhesivo. Asustado  y entumecido pensaba…

-          -  solo necesito  respirar profundamente y relajarme. ¡Tranquilo!, esbozó.

 Se aterró aún más cuando en uno de sus serpenteantes quiebros reconoció una extraña figura.  Una fina y fantasmal  sombra que emergía de la oscuridad.  Allí, quieta en la puerta del cuarto.  Vigilante le acechaba  con una mirada felina dispuesta a cazar. La sombra sin nombre, se alargaba infinita hasta el techo donde doblaba su espectral  cuello, adaptándose a los muros del cuarto.
Temeroso  no tardó  en buscar el interruptor de la vieja lámpara de hierro. Su respiración era cada vez más rítmica y acelerada. En su angustia temblorosa dejó de ver a la sombra… Sus ojos entonces expresaron un grito de terror mudo y su corazón comenzó a bombear más deprisa, cada vez más rápido.  Aquella sombra misteriosa se había mimetizado camaleónicamente en la pared del dormitorio, disfrazada ya no se distinguía con claridad... aturdido interrogaba a su mente:

-          -  ¿dónde está? ¿Dónde? - mientras chequeaba con la mirada el cuarto

Por mientras sus manos mojadas por el sudor, se resbalaban por filo de la mesilla dificultando así, encontrar el interruptor de la lámpara auxiliar.

-        -   ¡Maldito interruptor, carajo!  … ¡Dios mío! – consiguió decir con un entrecortado susurro.


Por fin prendió la luz y con un enérgico salto se incorporó instantáneamente de la cama. Se deshizo de aquella tela de araña, que le aprisionaba y con un brusco movimiento que, casi rasga la cobija, se liberó. Se encontró allí, parado, con la respiración entrecortada aún y con los brazos abiertos, desafiando el  peligro. Barrió con la mirada nuevamente el cuarto y se dio cuenta que estaba solo. Solo en el aquella habitación de paredes desconchadas cuyo paso del tiempo y el clima extremadamente húmedo no había tenido piedad con él. Aquel hotelito  que en su inauguración, seguramente habría sido una “tacita de plata”… ahora, hoy en día, no era ni la sombra. ¡Qué despiadado puede llegar a ser el abandono!  Este hotel  era un vagabundo de adobe y quincha que se resistía a la marginación de las desconsideradas y engreídas construcciones de concreto que, estaban cambiando la fisonomía del bohemio distrito de Barranco.

-         -  ¡Qué ironía!- pensaba  Gabriel, dibujando ya una calmada sonrisa en su rostro. 
 
Todavía se encontraba tembloroso cuando se dispuso valientemente a registrar la habitación. Movió los pocos enseres que había en el cuarto.  Miró debajo de la cama, detrás de las cortinas y el armario, hasta despegó la imagen bucólica del calendario que colgaba en la pared a modo de cuadro. Mientras en su cabeza seguía resonando como un eco las palabras que aquella señora extraña le había dicho  cuando tropezó  frente a la biblioteca de la plaza de armas.

-         -  cuídate de la sombra que en las noches szzss  te visite. No mires sus ojos szzss  y no te acerques  a ella… pues szzs,  te mostrará cosas feas szzs,  que nunca olvidarás szzss.



Sereno y agotado se sentó  en el borde de la cama deslizando suavemente su cuerpo hacia atrás. Dejándose caer por la inercia, como un contrapeso a cámara lenta. Terminó tumbándose  boca arriba. Su mente se quedó por un instante en blanco. Se distrajo por un momento,  centrando su atención en los reflejos que la luz proyectaba en las lágrimas del cristal polvoriento de la lámpara. El vidrio era ya amarillo por el  paso del tiempo, como los dientes de un desamparado anciano.  Entonces nuevamente resonó en su mente el susurro silvino y zigzeante de aquella misteriosa  señora con quien tropezó casualmente en la tarde del domingo, frente a la biblioteca. Dejándole un frío helador en el cuerpo como, el recuerdo de una herida sin curar, o el filo cortante de un cuchillo que inesperadamente te rebana la piel.

-        -  ¿Quién vino a visitarme? – se interrogaba Gabriel

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