sábado, 30 de enero de 2021

El Silencio del Tiempo




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“El silencio del tiempo”



-Giuseppe y el Destino-



El final del trayecto para Javier  también llegó. Pasadas dos estaciones, después que se bajara Sergio, se dispuso a abandonar felizmente el tren. Usaba el subterráneo en contadas ocasiones. Pero aquella mañana tenía algo de prisa y entendía que éste  era el medio de transporte más rápido y seguro. Sin desvalorizar, tampoco,  el gremio taxistas u otros medios de transporte. A pesar que era el que menos le gustaba utilizar.

Prefería más caminar o montar en bicicleta y así poder disfrutar más de la ciudad, de su luz, de la cotidianidad de los días. Contemplar a los ciudadanos en sus múltiples tareas, a los niños, a los “sabios” de la tercera juventud, como le gustaba nombrar a los mayores, caminando pausadamente por los parques o jugando a la petanca. Observar a las mascotas como caminan alegres con sus dueños mientras les tiran de sus brazos con fiereza. Estas y otras cosas más son, las que le hacía pensar a Javier, en la teatralidad de la existencia, el valor de vivir en directo, sin censura ni artificios, la pura verdad de la vida.

Caminaba ya por el paseo de Recoletos  cuando, sintió en su mano el frío del despertar de la mañana. La miró... y la puso a resguardo en el bolsillo derecho del abrigo de paño que se compró aquella vez que  visitó la ciudad de Béjar. Este abrigo era un cariñoso recuerdo de las escapadas que había hecho con Cesar, hace ya algún tiempo. Los añorados y pasados domingos compartidos con él. Juntos hacían estas pequeñas excursiones descubriendo los remotos  y escondidos  paraísos del interior del país.

Compartían su tiempo exploraron los alrededores de Madrid como auténticos sabuesos o buscadores de tesoros. Así, tenían como costumbre pactada que, aquellos domingos que podían permitirse estar libres de compromisos y de  trabajo, elegirían pasar el día  disfrutando y desintoxicandose de todo, en un destino de diferente.  Andanzas que siempre  estaban condicionadas por el  tiempo, pues tenían que hacerse en el mismo día.

No les importaba madrugar si ese era el costo a canjear por divertirse sanamente y compartir aquellos maravillosos momentos de felicidad. De este modo, trazaban  una línea con un lapicero en aquel mapa de carretera envejecido, casi roto ya por las dobleces y salpicado con alguna que otra mancha de café. Este era el método que usaban para revelar su próximo destino. Recopilaban toda la información del lugar elegido y después, en una reunión frente a unas cervezas, vinos y unas tapas, la compartían con su grupo de amigos más cercano, por si alguno de ellos deseara ser partícipe de dicha aventura. Este mapa era el pergamino de la libertad, la llave de la evasión y del disfrute, en lo más explícito de lo que la palabra quiere decir.  Sólos o con amigos. Compartiendo el placer de saborear la gastronomía del lugar, el paisaje, la cultura, las gentes y claro está la compañía. 

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Algo frenó la mano cuando quiso encontrarse con el calor de la lana del bolsillo. Reconoció rápidamente la textura de un papel que se deslizó con premura hacia el interior del bolsillo. Pensó que sería alguna nota olvidada.

La sacó del fondo y la miró, pero no llegó a reconocer la letra. Se extraño. Frunció el ceño como queriendo encontrar respuesta a aquella cuartilla doblada que no reconocía como propia o quizás sería de alguien que le entregó, pero no alcanzaba a recordar ni el motivo, ni el momento. Aquella cuartilla que tenía en sus manos era un extraño y enigmático jeroglífico. Estaba escrita por ambas caras.

En una de ellas estaba escrito lo que parecía una receta de cocina o...  quizás fuese una lista de la compra (rumiaba en su mente extrañada).

También en el lateral superior de esa misma cara de la hoja, estaba adicionalmente apuntado un número de teléfono. Éste era de mayor tamaño que las letras y con diferente color de tinta. El número parecía estar rubricado velozmente, de manera apresurada. Así se podía intuir tanto por la inclinación que presentan los números, como por la impresión de la tinta.

Ésta, la tinta, se había deslizado casi sin pausa sobre la superficie del papel a un ritmo certero y seguro. Lo que desvelaba el buen pulso del escribano. Además,  el último número no se distinguía muy bien. Era muy confusa su forma.  No se veía claro,  más bien, lo tenía que adivinar. Pues más que un número reconocible era un garabato alargado que se estirara hacia el infinito. Dato que confirmaba la premura por escribir aquella serie de números. 

Más enigmático parecía el anverso de aquella hoja. Para su sorpresa, en él, había un texto donde se detallaba muy brevemente y con letra muy pequeña, casi diminuta y con los renglones muy juntos, la biografía de Giuseppe Arcimboldo, como anunciaba el título de la redacción. Era un texto abigarrado casi sin espacios, el horror vacui de la composición.  Más parecía una mancha de color azul sobre papel blanco.- No es extraño (se preguntaba repetidas veces con asombro)

Javier se había detenido en la calle, parado con la mirada fija en el horizonte y la mano extendida suspendiendo aquel trozo de papel enigmático. En su cabeza pasaron mil ideas a la vez y ninguna le daba un sentido o coherencia a la situación. Una idea, ante todas las posibilidades, cobró mayor relevancia afirmando con clarividencia en su mente. -  Tiene que ser del chico del metro, no hay duda.

De este modo, recordó lo anecdótico de la situación vivida en el vagón del metro. Refrescó su memoria con la tímida sonrisa de aquel chico. -¡Tal vez la eche de menos!, pensó. La voz de aquel extraño volvió a reproducirse en su mente con las mismas palabras de la despedida. -Gracias, muy amable. Esta es mi parada, tengo que bajar.

El rostro de Javier se relajó. Mostró una sonrisa complaciente al resolver aquel misterio. Comprendió que aquella hoja de papel escrita se había quedado inicialmente prendida en el borde de su bolsillo. Pero con el movimiento y el contacto de su brazo se encajó, entrando dentro de su bolsillo como una carta en un buzón. 

Pensó en tirarla en la próxima papelera del paseo, pero rectificó y decidió guardarla como amuleto de la suerte para aquel día. No es que creyera en esas cosas de la magia, cábalas y supersticiones, pero le invadió una emoción de afecto por aquel extraño. 

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... ¿Casualidad? ¿Destino? las vidas de Sergio y Javier se cruzaron impredeciblemente en aquel momento. ¿Quién no ha vivido una  de estas situaciones alguna vez?. A la memoria de Javier llegaron inmediatamente conversaciones anteriores que había tenido con desconocidos mientras  esperaba pacientemente un vuelo, o  mientras descansaba sentado en un parque, o en la cola de un supermercado haciendo la compra o mientras esperan su turno en la sala del  médico. Siempre se te  queda grabada como una huella alguna de las frases, consejos, comentarios o palabras de estos aparecidos inesperados anónimos que además, nunca más vuelves a ver y que les deseas  que todo les vaya bien en la vida.  

Algunas personas afirman que nacemos con una ruta de vida asignada y con un designio ya definido. Yo más bien creo en la casualidad, como un fenómeno azaroso dentro de la normalidad de la vida. No tiene mayor relevancia que la coincidencia fortuita de dos o varios elementos en unas coordenadas similares de  espacio y tiempo. Lo importante de dicha circunstancia fortuita es si es  saludable o nó para nuestra experiencia vital. 

Javier era muy tajante en sus convicciones con respecto a estos temas. Su criterio lo fundamentaba en creer que el destino no podía ser tan egoísta y no permitirnos tener la libertad de ser los forjadores de nuestros caminos. Entonces, ¿no somos nosotros los protagonistas en descubrir los secretos de nuestros mundos? ¿no somos tampoco los fundadores  de  diferentes rutas para nuestro viaje vital?... si todo está designado, si no hay espacio o licencia para la autonomía, entonces ¿qué somos?, ¿quién y por qué nos dirigen?. Si es así; no queda otra forma que rebelarnos ante tal astucia absolutista por parte del destino. ¡Quiero ser libre para elegir!. Claro que no hablaba de las casualidades ya organizadas, amañadas y/o  predeterminadas por terceros con algún fin o beneficio. Claramente hablaba de lo fortuito.

Por todo ello no consideraba certero pensar en el destino como algo escrito y predecible. La cartomancia y otras artes mágicas le despertaban curiosidad e intriga, pero no pasaba de ser más que un deleite placentero y morboso. Un placebo para sus oídos. Pues la ilusión es la motivación que origina el binomio de: "los pensamientos positivos serán la base de tus acciones positivas" y ésto sí, le servía en su día a día. Adicionalmente le encontraba  sentido y utilidad a la frase. Lo practicaba siempre que se bajoneaba o se alteraba por algún motivo. Finalmente tienes que relativizar las cosas y siempre puedes cambiar o mejorar el curso de los acontecimientos, ¿por qué perder tanto el tiempo en cosas fútiles y negativas?   . Tenemos que creer en nuestra felicidad y en la fuerza de la emoción. Pues cuanto más fuerte es la emoción, mayor  es la magia de los acontecimientos.

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Patricia estaba esperando tranquilamente en la puerta de la biblioteca. Sentía apetito allí, parada frente a la cafetería. Observaba con gran interés la pizarra donde se anunciaba el menú del día. Su boca empezó a saborear ficticiamente los distintos platos que lo componía. Su estómago rugió anunciando la necesidad de alimentarse. Miraba su reloj de pulsera cuando alzó la vista, y pudo ver como se acercaba su amigo Sergio.

Sergio la iba saludando con la mano que tenía libre, pues tenía ocupada la otra, sujetando el teléfono mientras hablaba. No dejó de saludarla cariñosamente desde que la vio entrando por la calle. Habían quedado para almorzar juntos. Decidieron almorzar algo ligero e ir después a la biblioteca pública. Pues una comida copiosa puede ser un freno para  la concentración en el trabajo. Puede llevarte fácilmente al sueño, a encontrar un motivo que te evada y finalmente procrastines. 

También hay que decir que no todo era trabajo pues siempre hay un momento para el chisme y ponerse al día. Siempre había esos divertidos momentos entre aquellos viejos amigos. 

viernes, 15 de enero de 2021

El Silencio del Tiempo



-6- 

"El silencio del tiempo"


-¡Tierra trágame !-

Se acomodaron como pudieron todos los viajeros en el vagón de la línea 10. El tren comenzó su marcha tras el silbido y el cierre automático de las puertas mecánicas. Ya no había chance para los últimos pasajeros que llegaron al andén. Aunque éstos, intentan sin éxito abrir los cierres de las puertas. Tendrán que esperar resignadamente la llegada del próximo tren. Entre los resoplidos y los aspavientos de sus brazos, con la mirada decepcionada frente a la inexpresividad del que está dentro del vagón, al otro lado del cristal. 

Aquella mañana de lunes, de finales de otoño,  estaba siendo un poco más de frío de lo que habitualmente que habían sido en los anteriores  días, sobre todo en el pasado fin de semana.

Sólo en pensar en la proximidad del invierno hace que también sientas más baja la temperatura ambiental.  Además, tampoco no ayuda nada recordar que, los días son más cortos o que tienes que cubrirte tanto, que no sabes si debajo de tanta ropa hay o nó una persona. Todo suma para no querer que llegue el invierno o quizás es mejor pensar en positivo anhelando con felicidad que, pase la estación fría lo más rápido posible. Para poder así nuevamente disfrutar de las noches blancas del verano.

Pero el tiempo no lo podemos detener. Aún no tiene la Humanidad la dicha de poder controlarlo, manteniéndose libre y salvaje. Él sigue su camino en silencio y sin pausa, poco a poco... camina de puntillas para no hacer ruido y así de repente te sorprende... ¡paso! y ni te enteraste.  Pero todo tiene un sentido en la vida, entenderlo es un aprendizaje.

Además  también hay que decir que hay gente que contrariamente a Sergio ama los inviernos. Así es la diversidad del mundo en el que siempre hemos vivido. Quizás si hay tres cosas que sí rescato del invierno y estás son: los paisajes nevados, el chocolate caliente y la Navidad.  

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El silencio del zigzagueante vagón se interrumpió con la melodía típica de un terminal de aeropuerto que, seguidamente, anunció la próxima parada con una voz artificial masculina, suave y educada, propia de una computadora que quiere ganar la calidez de la voz humana.

A la par e insistentemente, el teléfono de Sergio no dejó de sonar escandalosamente repetidas veces, casi sin descanso.

-¿Quién sería tan temprano? (pensó...).

No dejaba de timbrar, mientras, avergonzado por la situación, lo intentaba alcanzar con la mano libre que le quedaba. Lo buscaba con desesperación dentro del bolsillo del abrigo que llevaba aquella mañana. Se soltó del asidero en el que se había acoplado como un mejillón a la roca húmeda. Lo cual no era fácil entre aquella maraña de cuerpos, accesorios y miradas justicieras que le rodeaban. Así que resignado, suspiró esbozando una tímida y pudorosa  sonrisa propia de un stand de feria aburrida.

Optó por dejarlo sonar hasta el final y no incomodar más a los pasajeros puesto que, no estaban siendo  muy colaborativos. Pero el teléfono seguía insistiendo reclamando su atención, como el llanto desconsolado de un bebé que irrumpe en la calmada y dormida noche, despertando a todos los vecinos del condominio mientras intentan apuradamente encontrarle consuelo.

Notó el calor de sus mejillas cuando miraba, aparentemente, con desinterés pero abochornado, el techo del vagón. Estaba tenso tras el sonrojo y las miradas fijas que se cernían sobre él, apuntándole codiciosamente. Mientras en su mente dialogaba consigo mismo con decisión y cierta curiosidad.

-quien sea volverá a llamar si es importante.  Si llegase a insistir más... no me quedará más  remedio que volver a intentarlo.  Mi oportunidad será en la próxima estación, mientras bajan y suben los pasajeros. Tengo que buscar el momento adecuado para que no se incomoden más. 

fijó rápidamente la mirada en la pantalla informativa que anunciaba el tiempo estimado para llegar a la siguiente parada. Esa sería su oportunidad.

Pero su premonición no fue muy acertada, pues si; bajaron pasajeros, pero de igual modo subieron unos tantos, ocupando los espacios vacíos que quedaron. Volviéndose así a encajarse como en un puzzle.

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Acertó ver un pequeño hueco libre junto a la puerta. Se deslizó pudorosamente como una lagartija torpe entre los empujones y las disculpas del caso... Por fin se ubicó en él.

Suspiró profundamente mientras examinaba su imagen en el cristal oscuro de la puerta. El tren inesperadamente se zarandeó, perdió el equilibrio e intentó asirse de algún modo, pero fue en vano cuando sintió caer la documentación que portaba encima y que había custodiado militarmente tan firmemente. Todas las notas y apuntes, junto con el borrador en el que, había estado trabajando todo el fin de semana, ahora estaba esparcido por el suelo del vagón. La documentación cayó en cascada alocadamente por el piso como si fueran las monedas desbocadas de un premio ganador de la máquina de un casino.

- ¡perdón! Lo siento …

Alcanzaba a decir recolectando las hojas sin levantar la mirada del suelo. No quería mirar sus caras de pura vergüenza en aquella situación embarazosa. los pasajeros sólo se dedicaron a mirar al suelo y mover ligeramente las piernas como si ya ayudaran mucho flexionando la rodilla o retirando ligeramente los pies para no pisar las hojas. Cuando ya tenía casi todo en su poder, volaron nuevamente los papeles, tras asustarse con el sonido del teléfono que, volvió a insistir tercamente. Esta vez volaron por encima de las cabezas de los pasajeros. El vagón quedó enmudecido cuando Sergio gritó con un rotundo, estresante y contundente: ¡ya! ¡ya basta! Levantando los brazos como si de una detención policial se tratase.

Ya, lo que anteriormente eran miradas de censura,  ahora eran risas y empatía. Los pasajeros comenzaron solidariamente ayudarle recogiendo ahora sí, las hojas con una sonrisa de complicidad y afecto. Mientras Sergio las iba recibiendo con un gesto más grato, más calmado, con un cordial y susurrante perdón. 

El último perdón se lo dirigió al pasajero que tenía a su derecha y quizás al que más le había incomodado. Éste le alcanzó a decir:

-¡Vaya manera de empezar la mañana! (Con afabilidad) 

Mientras le entregaba sonrientemente las últimas hojas que se habían posado bruscamente alrededor de sus pies. El tren frenó. Las puertas mecánicas se deslizaron abriéndose completamente, entrando  el aire fresco en el vagón y  tímidamente, Sergio, pudo decir al pasajero:

-Gracias, muy amable. Esta es mi parada, tengo que bajar

Sonrió y con un cordial ¡adiós!, concluyó la frase a modo de despedida.     








jueves, 7 de enero de 2021

El Silencio del Tiempo


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"El silencio del tiempo" 


-Sergio- 

 

Sergio estaba parado en el andén n°1 de la estación Príncipe Pío, esperando su tren como cada mañana. Miraba a su alrededor atento a los movimientos invasivos que se producían dentro de su perímetro vital, que cada vez era más reducido. Aprovechaba estos momentos para observar a los pasajeros, que como él, también esperaban un tren que, les llevará a sus destinos. Cada vez era más asfixiante la situación y el espacio que, se iba empequeñeciendo según el transcurría el tiempo. Circunstancia propia del transporte en hora punta. Los pasajeros formaban una masa cada vez  más compacta y apretada, frente a lo que se estimaba que serían las puertas de acceso al vagón, ahora imaginario.

Mientras todo esto sucedía no dejaba de pensar en lo relevante del comportamiento ciudadano para mantener el orden, los protocolos de urbanidad y todo ese lenguaje de normas no escritas pero que todos entienden y actúan del mismo modo empático y solidario. Aunque siempre hay un roto para un descosido en este catálogo de fauna urbana madrugadora y sorprendente.

Pasajeros comprometidos en llegar puntual a sus destinos tales como el trabajo, hacer las compras del día, los eternos papeleos burocráticos, las citas médicas, llevar los niños al colegio, los inquietos estudiantes, los universitarios repasando sus apuntes... jóvenes y mayores, mujeres y hombres, altos, rubias, gorditos, flaquitos, morenos, blancos, asiáticos... todos formando la línea de salida del maratoniano y estresante día en la gran ciudad.

Algunos de ellos miraban detenidamente la información que ofrecían las pantallas del andén y los coloridos e instructivos paneles del Metro, justificando interés, pero, en realidad sus miradas reflejaban el vacío de su mente aún virgen a los estímulos de la mañana, rechazando despertar de su letargo. Otros buceaban en sus teléfonos. También siempre hay alguien con sus audífonos entretenido con su música y moviendo con silencio alguna extremidad a ritmo que marque las melodías que sólo escucha él. También estaban los lectores con su mano a modo de atril improvisado y su cuello casi curvo, afilando sus pupilas. Los lectores de periódicos, así como los que hacen crucigramas y sudokus  ya están en vías de extinción, también las tejedoras de gorros y bufandas. Todo va cambiando con los tiempos. 

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Sergio distraía su tiempo jugando en lo que él mismo llamó "El juego Maya". Su nombre no se debe porque esté relacionado con la civilización mesoamericana. No, al contrario... algo se  podría decir  como más banal y sencillo. Lo denominó así específicamente en homenaje a una las animaciones televisivas más populares de la segunda mitad de los años 70 y cuya protagonista era una abeja con este peculiar nombre. Nos hacía pasar buenas tardes con sus aventuras en el bosque recolectando el polen para fabricar la deseada y dulce miel.

Para él, todos pertenecemos a una determinada colmena. Entendía que somos miembros de un enjambre ordenado y obrero, donde cada uno tiene su función. Pero también consideraba que es saludable que exista una revolución que forme una nueva colmena diferente a la anterior pero, con unos cimientos sólidos y estables que nos hagan caminar hacia el futuro sin perder la perspectiva de la historia vivida y algunas veces olvidada y lamentablemente repetida. Hasta en nosotros mismos. ¿Cuántas veces hemos tropezado con la misma piedra? ¿Por qué no nos dedicamos un tiempo a nosotros mismos a reflexionar y analizar lo que nos sucede? ¿Por qué seguimos guiándonos en la intuición, la expectativa, el instinto, el sexto sentido o como desees llamarlo... perdiendo la objetividad de los hechos?.

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El juego Maya consistía en clasificar en subgrupos a los diferentes pasajeros según las especificaciones y características que él mismo había determinado. Estaban los Nómadas, los Peregrinos, los Palmeros. los Cruzados, los Desfilantes, los Errabundos, los Ambulantes, los circulantes, etc... todos con la misma cualidad en común  todos caminaban. 

Hay caminantes apurados, distraídos, caminantes vacíos, amantes, compradores, etc. al final todos nos reconocemos como uno de ellos, no podemos evitarlo, hasta los antisociales individualistas y no alineados a la norma, anarquistas de la vida, tienen su grupo.

Sergio descubrió  que esta forma de jugar le entretenía y se pasaban rápido los tediosos tiempos de espera. Los observaba detenidamente, rastreaba  como un sabueso con su mirada sus complementos, sus accesorios, las posturas, los gestos y todo tipo de conducta o elemento distintivo que fuera dar con una pista que descifrara el código sobre su personalidad y que ayudará en la clasificación del subgrupo o rango. En ocasiones lo apuntaba en libretas sobre columnas a modo de tablas. Su crucigrama perfecto, en otras ideaba sus vidas, lo que dejaba libre su naturaleza inventiva, libre y ensoñadora. 

La naturaleza mantiene un código de orden, solía decir, no podemos huir de la matemática de la vida. El por qué y hacia dónde vamos, es otro tema, concluía. Dejando siempre la conversación abierta a todo tipo de teorías.

Llegó el tan esperado tren. Sergio subió al mismo empujado por la masa de caminantes somnolientos que se apretaban aún más para poder ingresar en un vagón ya  lleno de pasajeros apiñados. Algunos de ellos escondidos tras los cristales oscuros de unas gafas inútiles o móviles que iluminaban los rostros de algún caminante dependiente de la realidad virtual, donde son protagonistas de mundos imaginarios y frívolos. Los mirones y los cotillas aburridos también estaban. Ya queda menos para llegar al destino, primera etapa concluida, pensó,  mientras se amoldaba a los huecos que dejaron los pasajeros una vez dentro del vagón. Siguiente parada ... 






 


-13- “El silencio del tiempo” - Aarón y la Fiesta - Sergio y Patricia estaban acabando ya de almorzar, les faltaba pedir el café  y un postr...