"El silencio del tiempo"
-¡Tierra trágame !-
Se acomodaron como pudieron todos los viajeros en el vagón de la línea 10. El tren comenzó su marcha tras el silbido y el cierre automático de las puertas mecánicas. Ya no había chance para los últimos pasajeros que llegaron al andén. Aunque éstos, intentan sin éxito abrir los cierres de las puertas. Tendrán que esperar resignadamente la llegada del próximo tren. Entre los resoplidos y los aspavientos de sus brazos, con la mirada decepcionada frente a la inexpresividad del que está dentro del vagón, al otro lado del cristal.
Aquella mañana de lunes, de finales de otoño, estaba siendo un poco más de frío de lo que habitualmente que habían sido en los anteriores días, sobre todo en el pasado fin de semana.
Sólo en pensar en la proximidad del invierno hace que también sientas más baja la temperatura ambiental. Además, tampoco no ayuda nada recordar que, los días son más cortos o que tienes que cubrirte tanto, que no sabes si debajo de tanta ropa hay o nó una persona. Todo suma para no querer que llegue el invierno o quizás es mejor pensar en positivo anhelando con felicidad que, pase la estación fría lo más rápido posible. Para poder así nuevamente disfrutar de las noches blancas del verano.
Pero el tiempo no lo podemos detener. Aún no tiene la Humanidad la dicha de poder controlarlo, manteniéndose libre y salvaje. Él sigue su camino en silencio y sin pausa, poco a poco... camina de puntillas para no hacer ruido y así de repente te sorprende... ¡paso! y ni te enteraste. Pero todo tiene un sentido en la vida, entenderlo es un aprendizaje.
Además también hay que decir que hay gente que contrariamente a Sergio ama los inviernos. Así es la diversidad del mundo en el que siempre hemos vivido. Quizás si hay tres cosas que sí rescato del invierno y estás son: los paisajes nevados, el chocolate caliente y la Navidad.
-7-
El silencio del zigzagueante vagón se interrumpió con la melodía típica de un terminal de aeropuerto que, seguidamente, anunció la próxima parada con una voz artificial masculina, suave y educada, propia de una computadora que quiere ganar la calidez de la voz humana.
A la par e insistentemente, el teléfono de Sergio no dejó de sonar escandalosamente repetidas veces, casi sin descanso.
-¿Quién sería tan temprano? (pensó...).
No dejaba de timbrar, mientras, avergonzado por la situación, lo intentaba alcanzar con la mano libre que le quedaba. Lo buscaba con desesperación dentro del bolsillo del abrigo que llevaba aquella mañana. Se soltó del asidero en el que se había acoplado como un mejillón a la roca húmeda. Lo cual no era fácil entre aquella maraña de cuerpos, accesorios y miradas justicieras que le rodeaban. Así que resignado, suspiró esbozando una tímida y pudorosa sonrisa propia de un stand de feria aburrida.
Optó por dejarlo sonar hasta el final y no incomodar más a los pasajeros puesto que, no estaban siendo muy colaborativos. Pero el teléfono seguía insistiendo reclamando su atención, como el llanto desconsolado de un bebé que irrumpe en la calmada y dormida noche, despertando a todos los vecinos del condominio mientras intentan apuradamente encontrarle consuelo.
Notó el calor de sus mejillas cuando miraba, aparentemente, con desinterés pero abochornado, el techo del vagón. Estaba tenso tras el sonrojo y las miradas fijas que se cernían sobre él, apuntándole codiciosamente. Mientras en su mente dialogaba consigo mismo con decisión y cierta curiosidad.
-quien sea volverá a llamar si es importante. Si llegase a insistir más... no me quedará más remedio que volver a intentarlo. Mi oportunidad será en la próxima estación, mientras bajan y suben los pasajeros. Tengo que buscar el momento adecuado para que no se incomoden más.
fijó rápidamente la mirada en la pantalla informativa que anunciaba el tiempo estimado para llegar a la siguiente parada. Esa sería su oportunidad.
Pero su premonición no fue muy acertada, pues si; bajaron pasajeros, pero de igual modo subieron unos tantos, ocupando los espacios vacíos que quedaron. Volviéndose así a encajarse como en un puzzle.
Acertó ver un pequeño hueco libre junto a la puerta. Se deslizó pudorosamente como una lagartija torpe entre los empujones y las disculpas del caso... Por fin se ubicó en él.
Suspiró profundamente mientras examinaba su imagen en el cristal oscuro de la puerta. El tren inesperadamente se zarandeó, perdió el equilibrio e intentó asirse de algún modo, pero fue en vano cuando sintió caer la documentación que portaba encima y que había custodiado militarmente tan firmemente. Todas las notas y apuntes, junto con el borrador en el que, había estado trabajando todo el fin de semana, ahora estaba esparcido por el suelo del vagón. La documentación cayó en cascada alocadamente por el piso como si fueran las monedas desbocadas de un premio ganador de la máquina de un casino.
- ¡perdón! Lo siento …
Alcanzaba a decir recolectando las hojas sin levantar la mirada del suelo. No quería mirar sus caras de pura vergüenza en aquella situación embarazosa. los pasajeros sólo se dedicaron a mirar al suelo y mover ligeramente las piernas como si ya ayudaran mucho flexionando la rodilla o retirando ligeramente los pies para no pisar las hojas. Cuando ya tenía casi todo en su poder, volaron nuevamente los papeles, tras asustarse con el sonido del teléfono que, volvió a insistir tercamente. Esta vez volaron por encima de las cabezas de los pasajeros. El vagón quedó enmudecido cuando Sergio gritó con un rotundo, estresante y contundente: ¡ya! ¡ya basta! Levantando los brazos como si de una detención policial se tratase.
Ya, lo que anteriormente eran miradas de censura, ahora eran risas y empatía. Los pasajeros comenzaron solidariamente ayudarle recogiendo ahora sí, las hojas con una sonrisa de complicidad y afecto. Mientras Sergio las iba recibiendo con un gesto más grato, más calmado, con un cordial y susurrante perdón.
El último perdón se lo dirigió al pasajero que tenía a su derecha y quizás al que más le había incomodado. Éste le alcanzó a decir:
-¡Vaya manera de empezar la mañana! (Con afabilidad)
Mientras le entregaba sonrientemente las últimas hojas que se habían posado bruscamente alrededor de sus pies. El tren frenó. Las puertas mecánicas se deslizaron abriéndose completamente, entrando el aire fresco en el vagón y tímidamente, Sergio, pudo decir al pasajero:
-Gracias, muy amable. Esta es mi parada, tengo que bajar
Sonrió y con un cordial ¡adiós!, concluyó la frase a modo de despedida.

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