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"El silencio del tiempo"
Sergio estaba parado en el andén n°1 de la estación Príncipe Pío, esperando su tren como cada mañana. Miraba a su alrededor atento a los movimientos invasivos que se producían dentro de su perímetro vital, que cada vez era más reducido. Aprovechaba estos momentos para observar a los pasajeros, que como él, también esperaban un tren que, les llevará a sus destinos. Cada vez era más asfixiante la situación y el espacio que, se iba empequeñeciendo según el transcurría el tiempo. Circunstancia propia del transporte en hora punta. Los pasajeros formaban una masa cada vez más compacta y apretada, frente a lo que se estimaba que serían las puertas de acceso al vagón, ahora imaginario.
Mientras todo esto sucedía no dejaba de pensar en lo relevante del comportamiento ciudadano para mantener el orden, los protocolos de urbanidad y todo ese lenguaje de normas no escritas pero que todos entienden y actúan del mismo modo empático y solidario. Aunque siempre hay un roto para un descosido en este catálogo de fauna urbana madrugadora y sorprendente.
Pasajeros comprometidos en llegar puntual a sus destinos tales como el trabajo, hacer las compras del día, los eternos papeleos burocráticos, las citas médicas, llevar los niños al colegio, los inquietos estudiantes, los universitarios repasando sus apuntes... jóvenes y mayores, mujeres y hombres, altos, rubias, gorditos, flaquitos, morenos, blancos, asiáticos... todos formando la línea de salida del maratoniano y estresante día en la gran ciudad.
Algunos de ellos miraban detenidamente la información que ofrecían las pantallas del andén y los coloridos e instructivos paneles del Metro, justificando interés, pero, en realidad sus miradas reflejaban el vacío de su mente aún virgen a los estímulos de la mañana, rechazando despertar de su letargo. Otros buceaban en sus teléfonos. También siempre hay alguien con sus audífonos entretenido con su música y moviendo con silencio alguna extremidad a ritmo que marque las melodías que sólo escucha él. También estaban los lectores con su mano a modo de atril improvisado y su cuello casi curvo, afilando sus pupilas. Los lectores de periódicos, así como los que hacen crucigramas y sudokus ya están en vías de extinción, también las tejedoras de gorros y bufandas. Todo va cambiando con los tiempos.
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Sergio distraía su tiempo jugando en lo que él mismo llamó "El juego Maya". Su nombre no se debe porque esté relacionado con la civilización mesoamericana. No, al contrario... algo se podría decir como más banal y sencillo. Lo denominó así específicamente en homenaje a una las animaciones televisivas más populares de la segunda mitad de los años 70 y cuya protagonista era una abeja con este peculiar nombre. Nos hacía pasar buenas tardes con sus aventuras en el bosque recolectando el polen para fabricar la deseada y dulce miel.
Para él, todos pertenecemos a una determinada colmena. Entendía que somos miembros de un enjambre ordenado y obrero, donde cada uno tiene su función. Pero también consideraba que es saludable que exista una revolución que forme una nueva colmena diferente a la anterior pero, con unos cimientos sólidos y estables que nos hagan caminar hacia el futuro sin perder la perspectiva de la historia vivida y algunas veces olvidada y lamentablemente repetida. Hasta en nosotros mismos. ¿Cuántas veces hemos tropezado con la misma piedra? ¿Por qué no nos dedicamos un tiempo a nosotros mismos a reflexionar y analizar lo que nos sucede? ¿Por qué seguimos guiándonos en la intuición, la expectativa, el instinto, el sexto sentido o como desees llamarlo... perdiendo la objetividad de los hechos?.
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El juego Maya consistía en clasificar en subgrupos a los diferentes pasajeros según las especificaciones y características que él mismo había determinado. Estaban los Nómadas, los Peregrinos, los Palmeros. los Cruzados, los Desfilantes, los Errabundos, los Ambulantes, los circulantes, etc... todos con la misma cualidad en común todos caminaban.
Hay caminantes apurados, distraídos, caminantes vacíos, amantes, compradores, etc. al final todos nos reconocemos como uno de ellos, no podemos evitarlo, hasta los antisociales individualistas y no alineados a la norma, anarquistas de la vida, tienen su grupo.
Sergio descubrió que esta forma de jugar le entretenía y se pasaban rápido los tediosos tiempos de espera. Los observaba detenidamente, rastreaba como un sabueso con su mirada sus complementos, sus accesorios, las posturas, los gestos y todo tipo de conducta o elemento distintivo que fuera dar con una pista que descifrara el código sobre su personalidad y que ayudará en la clasificación del subgrupo o rango. En ocasiones lo apuntaba en libretas sobre columnas a modo de tablas. Su crucigrama perfecto, en otras ideaba sus vidas, lo que dejaba libre su naturaleza inventiva, libre y ensoñadora.
La naturaleza mantiene un código de orden, solía decir, no podemos huir de la matemática de la vida. El por qué y hacia dónde vamos, es otro tema, concluía. Dejando siempre la conversación abierta a todo tipo de teorías.
Llegó el tan esperado tren. Sergio subió al mismo empujado por la masa de caminantes somnolientos que se apretaban aún más para poder ingresar en un vagón ya lleno de pasajeros apiñados. Algunos de ellos escondidos tras los cristales oscuros de unas gafas inútiles o móviles que iluminaban los rostros de algún caminante dependiente de la realidad virtual, donde son protagonistas de mundos imaginarios y frívolos. Los mirones y los cotillas aburridos también estaban. Ya queda menos para llegar al destino, primera etapa concluida, pensó, mientras se amoldaba a los huecos que dejaron los pasajeros una vez dentro del vagón. Siguiente parada ...
Que buen ensayo , creo q yo pertenezco al una colmena positiva y a veces distraído ... Me voy a otro planeta ja a veces ... Pero.finalmenre me encanta disfrutar cualquier cosa q haga.... oliendo flores como la abeja Maya o mejor como Willy el amigo de maya ..
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ResponderEliminarMe quedo con ganas de más. Enhorabuena amigo !!
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