lunes, 26 de febrero de 2018



Siento en mi pecho el peso de aquello que siempre quise decirte y que nunca se dio. En mi llevo escrito las letras de unas cartas olvidadas y el perdón de un peregrino que con poemas cincelados al viento sopla, en asoladas madrugadas abandonando en el recuerdo un mar de limón bravío. El tiempo que perdí en esta isla de arena que se derrumba  ahora, que se ahoga... y  se transmuta en el  sueño sereno de un amanecer cálido y dulce, eterno sol de febrero.

Ya no sé cómo expresar la memoria de una huella de la que ya no quiero nombrar. Deje de ser el acróbata que camina al filo de la Luna sin miedo a caer, sin red,  en el vacío de las sombras y todo por ti, porque te quería.
Ahora giro retozando en la ilusión de una quimera vibrante y plena. Oigo su canto llegar cabalgando por los campos de  trigo verde y de regias amapolas. Canción de utopía con sonrisas de tierno amor que como escriba comienzo a dictar un libro cuyo final aún no sé.
Estará en el comienzo aquella batalla, quizás pérdida que,  cumplirá el destino de un fiel guerrero que empuña la noble espada del aliento,  en  tiempos oscuros  de incertidumbre.
Me dejo querer,  me dejo besar por tus labios de suave melaza de seda. Deslizas ya, tu decidida mano de esculpido griego por mi piel que, te acepta. Tu soplo que cosquillea mi cuello y baja apresuradamente por la excitada espalda dibujando, zigzagueantes caminos de vida.
¡Quiero sentirme vivo aun! ¡Quiero seguir saltando por las escarpadas laderas del destino!
No hay mayor triunfo que la valentía con que afrontamos cada día con la fuerza del amor,  porque éste, en todas sus formas,  mi querido amigo es la llave maestra de este misterio que es la vida.  

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